La dictadura de Primo de Rivera

En la noche del 12 al 13 de septiembre de 1923, Miguel Primo de Rivera, capitán general de Cataluña, declaró el estado de guerra en su región y repartió el manifiesto regeneracionista Al país y al ejército españoles, donde prometía acabar con los problemas de España.

La llegada de Primo de Rivera coincide con el triunfo del fascismo en Italia en 1922, en un periodo en el cual van a proliferar los regímenes autoritarios en casi toda Europa. Sin ignorar este contexto, sus causas están más relacionadas con cuestiones propias de la política española del momento. El golpe fue resultado de la crisis política que el país vivía desde 1913, agravada por el desastre militar de Annual en 1921, que generó una amplia campaña de oposición en la calle y una creciente hostilidad entre el poder civil y el militar, avivada con la investigación sobre responsabilidades abierta por el Congreso de los Diputados.

En un principio, Primo de Rivera no pretendió establecer un régimen definitivo, sino un “paréntesis de curación”. Una vez en el poder llevó a cabo la ocupación militar de toda la estructura del Estado, con el objetivo de destruir la “vieja política”. El ejército asumió el poder en forma de un Directorio Inspector Militar, las Cortes quedaron disueltas y las garantías constitucionales en suspenso, declarándose el estado de guerra (ocurre cuando la autoridad militar asume las funciones de gobierno) y sustituyéndose a todos los gobernadores civiles de las provincias por gobernadores militares. El régimen constitucional quedó eliminado. Así lo relata Arturo Barea:

El general Picasso terminó sus investigaciones del desastre de Melilla en 1921. Su informe estaba en las manos del parlamento; de un momento a otro se esperaba el día del debate en la cámara. La minoría socialista había copiado e impreso el informe y unas pocas copias circulaban ya por Madrid. Entre los papeles encontrados en el despacho del general Silvestre, el general Picasso había descubierto un número de documentos que probaban la interferencia personal de Alfonso XIII en el curso de las operaciones militares. Pero ninguno de los efímeros gobiernos de aquellos días se atrevía a plantear la cuestión ante las Cortes. La oposición formaba un bloque y pedía cada vez con mayor energía que se abriera un debate público para definir las responsabilidades de la catástrofe de Marruecos. Se sentía que iba a pasar algo grave.

Si queréis hipnotizar una gallina, ponedla sobre una mesa cubierta con un tapete negro y forzadla el pico contra el tapete. Poned un trozo de tiza frente a su pico entre los dos ojos y en el momento psicológico en que la gallina se queda quieta, id alejando el trozo de tiza del pico de la gallina, marcando una línea blanca intensa sobre el tapete negro. Podéis dejar libre la gallina. El animal se quedará allí inmóvil, en ridículo equilibrio sobre sus dos patas y su pico, persiguiendo con ojos bizcos la línea blanca que se aleja.

Ahora me parece a mí que algo similar nos pasó a todos en aquellos días del mes de septiembre de 1923, en que el general Primo de Rivera se proclamó a sí mismo dictador de España por un golpe de Estado.

Todos estábamos esperando que pasara algo, algo muy grave y muy violento. el destronamiento del rey, una insurrección militar, un levantamiento de los socialistas o de los anarquistas, en una palabra, una revolución. Tenía que pasar algo, porque la vida de la nación se encontraba en un callejón sin salida.

Yo estaba en el café Negresco en la noche del 12 al 13 de septiembre. Mi viejo amigo Cabanillas solía venir allí cuando terminaba su trabajo en la redacción de El Liberal. Me había unido al círculo de periodistas y aspirantes a escritor, porque quería oír de él las últimas noticias. Llegó a las dos de la madrugada, pálido y excitado, con la pelambrera en desorden:
-¿Qué te pasa? ¿has estado en un estreno?
-A mí no me pasa nada, pero ¿sabes la última noticia?
-¿El qué?
-La guarnición de Barcelona se ha echado a la calle con Miguel Primo de Rivera a la cabeza.
-Alfredito, tú estás malo -dijo alguien-. que te den una copa de coñac.

– Que es verdad, os digo. Primo ha declarado el estado de sitio en Barcelona y tomado el mando de la ciudad. Y ahora dicen que ha mandado un ultimátum al Gobierno.

La noticia se extendió por el café como debió extenderse a través de todos los cafés de Madrid cuajados de gente a aquella hora. Cuando nos marchamos, la Puerta del Sol era un hormiguero. Las gentes se preguntaban unas a las otras:

-¿Qué va a pasar aquí?

Y no pasó nada. Mi hermano y yo nos quedamos en la Puerta del Sol tomando parte en las discusiones de los innumerables corrillos, hasta que llegó el primer tranvía lleno de obreros de los barrios extremos y los barrenderos comenzaron a regar y barrer la plaza. Cuando los periódicos de la mañana aparecieron, con sus gruesas cabeceras sobre la proclamación del general y sobre el anuncio de que el rey le había llamado a Madrid, no pasó nada. La mayoría de los periódicos dieron la bienvenida incondicional al dictador; unos pocos se reservaron su juicio. Los dos periódicos más importantes de la izquierda, El Liberal y El Sol, maniobraron hábilmente, sin criticar el asalto al poder y sin apoyarlo. El hombre de la calle se quedó mirando atónito lo que pasaba, como la gallina hipnotizada se queda mirando el trozo de tiza; y cuando trató de recobrar su equilibrio, los acontecimientos le habían sobrepasado: el Gobierno había dimitido, algunos de sus miembros habían huido al extranjero, el rey había dado su aprobación al hecho consumado y España tenía un nuevo gobierno llamado el Directorio, que suspendió todos los derechos constitucionales.

Arturo Barea, “La ruta” en “La forja de un rebelde”, pp. 476-77, Editorial Debate.

En Marruecos fue donde se obtuvo el éxito que permitió prolongar la dictadura. Aunque la primera solución del dictador fue la de apoyar el deseo de retirada de los políticos, la posibilidad en 1925 de una acción militar conjunta hispano-francesa contra Abd el Krim alteró las perspectivas de éxito. El desembarco español en Alhucemas fue el principio del fin de la república de Abd el Krim, que en  el verano de 1926 se entregó a Francia, no tardando en caer la resistencia rifeña. En 1927 concluyó la pacificación del Protectorado.

En diciembre de 1925 se formó un Directorio Civil presidido por Miguel Primo de Rivera. Entre los ministros (procedentes de la extrema derecha) destacarían José Calvo Sotelo (Hacienda) y Eduardo Aunós (Trabajo). La dictadura militar animada por los éxitos en Marruecos, dio paso a una dictadura civil, transición que se había dejado entrever con la formación de la Unión Patriótica  y el Estatuto Municipal en 1924. La transición política que pareció impulsar el golpe de 1923 aún no había llegado a su fin y la dictadura intentaba mantenerse en el poder y convertirse en un régimen estable y duradero. Este paso fue el que movilizó definitivamente a la oposición contra el dictador.

La dictadura fue rechazada desde el primer momento por importantes intelectuales y estudiantes universitarios. Unamuno fue privado de su cátedra y desterrado a Fuerteventura. Vicente Blasco Ibáñez publicó clandestinamente un demoledor manifiesto contra la dictadura y la monarquía titulado “Una nación amordazada”:

España es hoy una nación que vive secuestrada. No puede hablar porque su boca está oprimida por la mordaza de la censura. Le es imposible escribir porque tiene las manos atadas. El instinto de conservación impide que las gentes salgan a la calle para protestar contra tal esclavitud. Un ejército poseedor de todos los medios destructivos oprime al país y le es fácil borrar con fusiles y ametralladoras las quejas de la muchedumbre desarmada (…).

Este pulso de los intelectuales con la dictadura dio lugar a anécdotas como el poema acróstico de Luis Balbontín, publicado con todos los honores por el diario oficial del régimen y que escondía una burla al dictador:

Paladín de la Patria redimida,
R
ecio soldado, que pelea y canta;
Ira de Dios, que cuando azota es santa;
Místico rayo, que al matar es vida.
Otra es España, a tu virtud rendida;
Ella es feliz bajo tu noble planta;
Sólo el hampón, que en odio se amamanta,
Blasfema ante tu frente esclarecida.
Otro es el mundo ante la España nueva:
Rencores viejos de la edad medieva
Rompió tu lanza, que a los viles trunca;
Ahora está en paz tu grey bajo el amado
Chorro de luz de tu inmortal cayado.
¡Oh pastor santo! ¡No nos dejes nunca!

La Nación el día 15 de abril de 1929

Firmado por María Luz de Valdecilla, acróstico de José Antonio Balbontín.

http://www.hermandaddelvalle.org/article.php?sid=5259

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