La proclamación de la II República.

Falto de apoyos, el general Primo de Rivera dimitió de su cargo en enero de 1930. Alfonso XIII encargó formar gobierno al general Dámaso Berenguer, frente a las voces que exigían una apertura democrática. Fue una decisión que Ortega y Gasset calificó como el “error Berenguer”. La opción republicana fue tomando fuerza en los meses siguientes. Políticos de relieve, intelectuales y exministros abandonaban a la monarquía.

El 17 de agosto de 1930 la oposición, integrada por republicanos de todas las tendencias, antiguos monárquicos, Indalecio Prieto por el PSOE y figuras públicas relevantes suscribió el Pacto de San Sebastián para derrocar a la monarquía. La vía acordada para traer la República pasaba por el tradicional recurso a la insurrección militar, que sería apoyado por un huelga general en toda España. El multitudinario mitin de la plaza de toros de Madrid el 28 de septiembre de 1930 sirvió a la masa republicana para mostrar su fuerza. El 12 de diciembre los capitanes Fermín Galán, que había participado en la conspiración militar de 1926 y Ángel García Hernández proclamaron la República en Jaca, adelantándose a la fecha prevista, que se había fijado para el 15 de diciembre. El golpe fracasó y ambos fueron condenados a muerte y fusilados el día 14. El 15 de diciembre el general Gonzalo Queipo de Llano y el comandante Ramón Franco, hermano del futuro dictador, ocuparon durante unas horas el aeródromo de Cuatro Vientos en Madrid, pero huyeron a Portugal al comprobar que la insurrección no cuajaba. Parte de los integrantes del Comité Revolucionario del Pacto de San Sebastián fueron detenidos y encarcelados.

Mientras tanto, los intentos de regresar a la vida parlamentaria no fructificaban. Incapaz de organizar la transición, Berenguer dimite en febrero de 1931 y es sustituido por el almirante Juan Bautista Aznar, que llevará a cabo la convocatoria de elecciones municipales para el 12 de abril. La campaña electoral fue convertida por la oposición en un plebiscito a favor o en contra de la monarquía. Los resultados parciales arrojaron un balance favorable a las candidaturas monárquicas en términos cuantitativos. Sin embargo, el triunfo de la Conjunción Republicano-Socialista en 41 de las 50 capitales de provincia precipito la caída de la monarquía. El almirante Aznar, preguntado por un periodista acerca de los resultados, declaró: “¿qué más crisis desean ustedes que la de un país que se acuesta monárquico y se levanta republicano”.

La República se proclamó en la noche del martes 14 de abril en medio del clamor popular.  Esa misma noche el rey marchaba al exilio: “Las elecciones del domingo me demuestran hoy claramente que no tengo el amor de mi pueblo (…) Hallaría medios sobrados para mantener mis regias prerrogativas (…) pero, resueltamente, quiero apartarme de cuanto sea lanzar a un compatriota contra otro en fratricida guerra civil”. La mejor descripción de aquellos hechos la hizo el periodista Josep Pla:

“A esta hora [las tres y media de la tarde], los pocos transeúntes que pasean por el cruce formado por la Castellana y la calle de Alcalá observan con asombro cómo una bandera sube lentamente por el mástil del Palacio de Comunicaciones. Al otro lado de la Castellana está el Banco de España, y en el otro ángulo de Alcalá, los jardines del palacio Godoy, sede del Ministerio de la Guerra.

La bandera que sube por el mástil es la bandera republicana. La noticia corre como una exhalación y una riada de gente sale de los cafés y los establecimientos colindantes a ver la bandera. La noticia llega enseguida al Hotel Palace, donde en aquel momento estaba yo hablando con mi viejo amigo Azcoaga, maître d’hôtel de la casa —personaje alto y voluminoso, vestido con un redingote impresionante, unos pantalones a rayas y unos zapatos de un lustre funerario—. El hall del hotel se vacía en el acto. Le propongo a Azcoaga que se ponga una americana y se venga conmigo a participar del espectáculo. Respuesta negativa. Me dice que estas cosas, para él, no tienen importancia; que él se debe a la casa. «¡La casa es la casa!», suelta con una severidad dogmática. De modo que salgo del hotel, y por la acera del palacio Esquilache, Castellana arriba, llego al cruce en cuestión. Me encuentro con gran cantidad de gente, más bien pasmada, que mira la bandera izada. Me da la impresión de que no tienen una idea muy clara de la bandera republicana. La bandera permanece inmóvil, porque no hace viento y la tarde está clara y magnífica —primaveral—. La banda morada —que según mis lecturas proviene de los comuneros de Castilla— queda ahogada por el rojo y gualda. ¡Llevábamos tantos años viendo la otra! En Barcelona, gracias al lerrouxismo, quizá tuviéramos una idea más clara del símbolo republicano. En Madrid, la cosa era más vaga. En una población de funcionarios, la bandera del sueldo es siempre la que cuenta con mayor aceptación.

En el cruce hay mucha gente. El volumen aumenta a cada instante. Nadie sabe qué hacer. ¿Dónde estamos? Hasta las cuatro de la tarde, la gente permanece perpleja y flotando. En ésas, como un reguero de pólvora en el hormiguero humano, circula la noticia de que la bandera de Correos representa lo que pretende simbolizar —a saber, que el poder ha caído en manos del Gobierno provisional—. De la perplejidad inicial se pasa rápidamente al entusiasmo. Ha bastado un segundo. Una vez constatado el hecho, veo que el enorme gentío tiene tendencia a subir por la calle de Alcalá, hacia la Puerta del Sol. La cosa está consumada.

Perdido en medio del hormiguero, observo cómo el comercio se apresura a destruir y esconder los símbolos monárquicos. Los comerciantes, proveedores de la Real Casa, las tiendas con el escudo real, los hoteles, las fondas, los teatros y los restaurantes que tenían o aspiraban a tener el nombre ligado al régimen caído, hacen desaparecer, con una diligencia admirable, las insignias y los nombres considerados comprometedores. En el Hotel del Príncipe de Asturias, Carrera de San Jerónimo, veo una bandera republicana sobre la palabra «Príncipe» del letrero de la calle. El establecimiento se ha convertido, de forma instantánea, en Hotel de Asturias. Esto me ayuda a comprender un poco más Madrid. No es solamente una ciudad de la gran aristocracia andaluza, de los funcionarios, de los albañiles y peones del sindicato de la construcción, afiliados a la Casa del Pueblo; también es una ciudad de pequeños comerciantes, muy vivarachos, como acostumbraba a decir el obtuso señor Metasanz.

Vuelvo a la Puerta del Sol. La circulación por el centro de Madrid transcurre con total libertad. En las llamadas bocacalles hay parejas de la Guardia Civil a caballo. Las parejas están mano sobre mano y los caballos permanecen en la más absoluta inmovilidad. Constato la llegada al centro de la ciudad de oleadas y más oleadas populares provenientes de los suburbios. En todas las calles que convergen hacia el centro de Madrid, el número de banderas republicanas va en aumento. ¿Estaban tal vez escondidas? ¿Las hicieron tal vez en un santiamén? Un grupo arrastra un busto de yeso de Primo de Rivera, con una cuerda atada al cuello. El yeso aguanta poco y la cara está deformada. El entusiasmo, pese a la relativa discreción producida por la sorpresa del acontecimiento, no cesa de crecer, sube por momentos. Se empiezan a oír las primeras notas de La Marsellesa. Después, constato que un grupo de ciudadanos comienza a entonar el Himno de Riego. El pueblo ignora ambas canciones. Desafinan. El conocimiento de la letra es escaso. Cantan mal. Da igual. Ya lo harán mejor más adelante. Entre los obreros de la construcción el himno más conocido es la Internacional, aprendida en la Casa del Pueblo. La severidad de este himno se transforma en Madrid en una cosa atenorada, con algún que otro gallo. Sin embargo, todas estas composiciones impresionantes son abandonadas rápidamente. A las musiquillas de moda, que la gente sabe bordar sin ningún género de dudas, se les pone espontáneamente una letra adecuada a los acontecimientos. Así, oigo canciones cáusticas sobre el Rey, la Reina y el general Berenguer. Chiquilladas que no alcanzan nunca la vulgaridad. Todos los que miro siguen con cara de monárquicos. En esto, aparece una profusión de retratos de Galán y García Hernández. Los gritos de «viva» y de «abajo» son innumerables. Todo coge un aire de verbena triunfante, un aire de alborozo franco y desenfrenado —sólo que es una verbena política—. La gente se abraza, grita, suda, canta. Un ciudadano cualquiera, pacífico y retirado, su señora o su hija, pueden echarse a los brazos de otra persona completamente desconocida y extraña. Como en todos los espectáculos de masas, las posaderas del sexo femenino pueden ser más o menos tactilizadas por personas que nada tienen de republicanas. Pasan sobre la multitud ráfagas de entusiasmo cívico que determinan movimientos de enternecimiento humano. «¡Un día es un día! Después, Dios dirá…», oigo decir a algunas mamás. En ésas, personas desconocidas y de vaga procedencia asaltan los taxis y camiones que han tenido la desgracia de hallarse en el centro de Madrid en estas horas de amontonamiento humano, y emprenden un carrusel endiablado por las calles que durará hasta mañana a la misma hora. El ruido producido por los motores de explosión de esta procesión altera un poco la sangre de los caballos de las parejas de la Guardia Civil situadas en las bocacalles. Los caballos se impacientan y se agitan. Se produce un momento de expectación. Un momento, tan solo. Los guardias dominan a sus caballos y siguen indiferentes en las esquinas, mano sobre mano (…)

A las tres de la tarde —me dijo el señor Ayuso— nos encontramos en el domicilio del señor Maura varios amigos y un miembro del Gobierno provisional: don Manuel Azaña. Maura telefoneó a todas partes: a Palacio, a Gobernación, al domicilio del doctor Marañón, donde se estaba celebrando la negociación Romanones-Alcalá-Zamora que garantizó la salida pacífica de la familia real. No pudo sacar nada en claro. Empezó a impacientarse. A las tres y media volvió a telefonear. Ninguna respuesta. A las cuatro, ansioso, enervado, volvió a insistir. Mismo resultado. A las cuatro y media, a las cinco, a las cinco y media, no sabía aún si el paso de la República era franco. Por fin, cansado de abrocharse y desabrocharse la americana, con los ojos enrojecidos saliéndole de las órbitas, dijo Maura:

Ha llegado la hora de echarse a la calle. Vámonos, Azaña…

En la calle alquilaron un taxi y Maura ordenó, contundente:

¡A Gobernación!

Azaña lo miró, asustado. A medida que el taxi se fue acercando al centro de Madrid, la inquietud de Azaña fue creciendo. Por fin, dijo:

¡Pero, Maura, es usted un insensato! Nos van a ametrallar. Nos van a ametrallar. Nos acribillarán a balazos. Esto es una locura…

No se preocupe —dijo Maura, impávido, aunque trastornado por dentro—. Pronto habremos salido de dudas.

Pero, Maura…

Si nos ametrallan, nos ametrallan…

Llegaron, así, a la Puerta del Sol. Cuando la multitud reconoció a Maura, le ovacionó. Bajaron del coche frente al portal del Ministerio. La gente les abrió paso. Ante la puerta, solicitaron entrar. Apareció en el portal un oficial de la Guardia Civil.

¿Desean los señores…?—preguntó.

Somos el Gobierno provisional de la República —contestó Maura, rígido, estirado.

El oficial soltó un grito y la guardia formó. El primer paso estaba dado. Azaña, pálido como un muerto, se secó el sudor de la frente.

Maura subió los peldaños de la escalera del primer piso de tres en tres. Llegaron así a la puerta del despacho del subsecretario. Maura se abalanzó sobre la manilla de la cerradura. Entró como una exhalación en el despacho y se encontró ante don Mariano Marfil, a quien conocía perfectamente, pues había trabajado con su padre, don Antonio Maura. Don Miguel dice, con su voz enérgica:

¡Señor subsecretario! Soy el ministro de Gobernación del Gobierno provisional de la República. Deseo que se ausente usted en el acto.

Marfil, pálido como un personaje del Greco, se pasó la mano por la barba y dijo con una voz cobarde:

Me doy por enterado…

Marfil salió por una puerta falsa.

Maura pasó enseguida al despacho del ministro y cogió el teléfono, exaltado, mientras Azaña, sentado enfrente, iba tranquilizándose de forma visible.

¿Es usted el gobernador de Sevilla?—dice Maura—. Aquí el ministro de Gobernación de la República…

¿Qué? ¿Cómo dice usted?—responde el gobernador de Sevilla.

Aquí Miguel Maura, ministro de Gobernación de la República, de la Re-pú-bli-ca… ¿Me oye usted? Entregue usted el mando al presidente de la Audiencia en el acto…

Bien, señor ministro —dice la voz de Sevilla, temblando y quizá indignada.

Maura habló así, uno por uno, con todos los gobernadores de la Península. A las seis y media de la tarde, el régimen republicano fue instaurado oficialmente en toda España. A medida que Maura fue telefoneando, don Manuel Azaña se fue quitando la angustia de encima y acabó en un estado de fatiga tranquilizada…

—Las ventanas exteriores del Ministerio —me dice el señor Ayuso— estaban cerradas, pero los aullidos de la muchedumbre, que llenaba literalmente la Puerta del Sol y las calles adyacentes, llegaban hasta el despacho del ministro. El espectáculo era literalmente impresionante y, como en Madrid se cena tan tarde, el espectáculo duró mucho. Los estallidos del espectáculo de masas fueron variados y apasionados”.

Josep Pla, Madrid. El advenimiento de la República. El País, clásicos del s. XX.


Documentación

  • El siguiente video es un fragmento de un noticiero de la época titulado El amanecer de una nueva era en España, 1931. Se creía desaparecido pero ha sido encontrado recientemente en Priego (Córdoba), contiene imágenes y sobre todo voces inéditas de los primeros momentos de la II República:

  • El documental “España amanece republicana” presentado por Fernando Rey y dirigido por Ricardo Blasco presenta los momentos previos e inmediatos a la proclamación de la República. Se puede ver en la web de RTVE.
  • Especial de ABC sobre la proclamación de la II República. Incluye enlaces a documentos de la época.
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