1888. El año de los tiros.

Piras de calcinación en Riotinto

Calcinaciones de cobre al aire libre llamadas “teleras” en la mina de Riotinto. Foto: www.elpais.es

Las minas de Riotinto fueron adquiridas al Estado por el consorcio británico Río Tinto Company Limited en 1873. Allí la compañía mantuvo un poder colonial durante 81 años, construyendo un barrio de estilo victoriano segregado de la población nativa y cambiando para siempre la historia de la zona. La generalización de la fundición del cobre mediante calcinaciones al aire libre, práctica prohibida en Inglaterra, motivó en 1888 la que se considera primera protesta ecologista de la historia, que acabó ahogada en sangre. La novela “El corazón de la tierra” de Juan Cobos Wilkins detalla los sucesos que pasaron a la historia como “el año de los tiros”:

Acababa de llegar a Riotinto un tren especial en el que viajaban el gobernador civil y, a las órdenes del famoso capitán Nazario Infante, soldados del Regimiento de Pavía. La noticia corrió como la pólvora. Ellos se abrieron paso enérgicamente y, ante el estupor y recelo de la gente que se apartaba temerosa, alcanzaron la plaza (…) Cómo una tácita consigna que se extendiera sobre el tapiz humano, por donde pasaban, iba haciéndose el silencio. Tras ellos, se acallaban las voces y parecía materializarse, hasta hacerse grávida, una estela muda de inquietud (…)

El capitán despliega dos compañías en semicírculo ante el Ayuntamiento y los manifestantes (…) Pasada la sorpresa la gente ya menos medrosa comienza a indignarse por la presencia de la tropa (…) El gobernador sale al balcón, la muchedumbre se agolpa: anhelamos oír que hay acuerdo (…) Pero las palabras que nos dirige son bien distintas. Desalentadoras. Insta a abandonar de inmediato la huelga, a regresar sin condiciones al trabajo (…). Es un jarro de agua helada. La decepción se apodera de todos (…).

La gente está muy nerviosa. A unos metros, un viejo minero escupe y blasfema. Excitados, inquietos, piafan los caballos. Los tambores de las bandas redoblan. Retumban. Ensordecen. “Esto es un pueblo de bestias”, farfulla el gobernador, hinchadas las carótidas, congestionado el rostro, y saca un pañuelo de su bolsillo, el ademán de llevarlo a la frente – encandila con el sol su macizo sello de oro- no concluye. Antes, como si fuera ésta la contraseña acordada, se escucha:

–        Fuego!.

La primera compañía pone rodilla en tierra, apunta, dispara; detrás, en pie, la segunda, apunta,

–        Fuego!

Dispara. Las descargas barren las filas las diezman. Y es tal la sacudida, el pasmo, que nadie reacciona. Durante unos helados segundos permanecen inmóviles, sobrecogidos. Paralizados por la conmoción. Luego, el fragor, el desconcierto, la confusión, el caos. Miles de personas despavoridas, huyendo aterrorizadas, atropellándonos, tratando de abrirse paso hacia las calles laterales que desemobcan en la plaza, pero éstas, también abarratodas, son un tapón mortal (…) El regimiento vuelve a enfilar sus carabinas y se produce una tercera descarga.

–        Fuego!

Antes de perder el conocimiento… contemplo aquella plaza que fue de esperanza, de alegría, y es ahora espacio de llanto y desolación: pancartas desgarradas, instrumentos de música esparcidos y pisoteados, zapatos que, solos, perdidos, parecen contener más muerte que los mismos cadáveres (…) Huele a pólvora. Su olor se sobrepone y tapa incluso el permanente a dióxido de azufra (…).

Nunca supimos el número de muertos.  Nunca. Pero, a un parde metros y de frente, tres descargas a bocajarro sobre una compacta masa humana (…) Una masacre… ¿Cuántos heridos, cuántos cadáveres? Se decía que fueron arrojados a escoriales y cubiertos con ganga, que los ocultaron en antiguas galerías romanas, de inmediato selladas, que las aguas corrosivas se encargaron de devorar, hasta mondar los huesos, sus restos, que el ferrocarril partió aquella misma noche con su siniestra carga de pasajeros fríos, muertos, para hacerlos desaparecer en algún sitió (…) Hoy todavía se teme que al ahondar la tierra, en vez de raíces, afloren tibias, calaveras, un enorme osario (…).

Pero los secuaces y la prensa comprada desviaron rápidamente los tiros: la masa incontrolada escondía armas (…) se agredió a la autoridad, se lanzaron piedras, se apaleó a los soldados (…). Un poco más y nos hubieran tildado de ladrones por no devolver las balas alojadas en nuestros cuerpos. La única verdad es que el Regimiento de Pavía, sin los requirimientos prescritos por la ordenanza, disparó y hundió su acero en una multitud indefensa, que Nazario infante, su sanguinario capitán, no fue castigado con destierro, confinamiento o multa, penas que para tal delito establecía el Código Penal; que nadie pinchó a ese pez globo, inflado de soberbia y fatuidad, de don Néstor Ullosa y permaneció de gobernador, incólume (…). Que las teleras continuaron envolviendo en sus noches sulfurosas el valle del infierno. Y que aquel 4 de febrero dio para siempre un nombre que aún pervive en la memoria de las gentes. El año de los tiros.

Juan Cobos Wilkins, El corazón de la tierra, Plaza y Janés, 2001, pp. 199-207. La novela fue adaptada al cine por Antonio cuadri en 2007:

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