El golpe de Estado del 23 F.

                                                                                 Foto: www.elpais.es

La amenaza de una intervención militar estuvo presente a lo largo de todo el proceso de transición democrática. Dentro del ejército había sectores fuertemente involucionistas, acérrimos franquistas que rechazaban el régimen constitucional y la descentralización del Estado.

A finales de octubre de 1978 fue desbaratada la “Operación Galaxia”, que pretendía llevar a cabo una acción militar ocupando el palacio de la Moncloa para detener el proceso constitucional.

La preparación y ejecución del 23-F coincide con una crisis interna de UCD que desemboca en la dimisión de Adolfo Suárez como presidente del Gobierno. Entre ciertos sectores llegó a debatirse la posibilidad de formar un gobierno de concentración presidido por un militar. La crisis económica y política crearon cierta sensación de desencanto entre la población. En ese ambiente enrarecido, con la violencia de ETA cebándose con el estamento militar, hay que situar los hechos posteriores.

En la noche del 23 al 24 de febrero de 1981, mientras tenía lugar la segunda votación para la investidura de José Calvo Sotelo, el coronel Tejero tomó el Congreso de los Diputados con unos doscientos guardias civiles armados. Se realizaron disparos que aún pueden apreciarse en el techo del hemiciclo y se humilló a los diputados, que fueron obligados a arrojarse al suelo. Tan sólo se resistieron Gutiérrez Mellado, encarándose con los golpistas, Carrillo y Suárez. Como la sesión estaba siendo transmitida por radio y grabada para televisión, el golpe fue conocido en directo por todo el país. Los diputados, secuestrados, quedaban a merced de la llegada de una “autoridad militar” que habría de tomar la dirección del alzamiento.

Este golpe de efecto que paralizaba la reacción de la clase política pretendía provocar una sublevación militar generalizada. Sin embargo, sólo respondió el capitán general de Valencia Miláns del Bosch sacando los vehículos acorazados a la calle, mientras el resto de guarniciones militares permanecían a la expectativa. La salida en Madrid de la potente División Acorazada Brunete, que habría movilizado a los indecisos a favor del golpe, es abortada por el general Juste y el capitán general de Madrid Quintana Lacaci, enterados de que el rey no respaldaba a los golpistas.

Se considera clave la actitud del rey don Juan Carlos, que detuvo el progreso del golpe, comunicando a todas las capitanías generales su oposición y tranquilizando a la población en el famoso discurso emitido a las 1,13 horas de la madrugada del 24 de febrero por TVE:

(…) Confirmo que he ordenado a las autoridades civiles y a la Junta de Jefes de Estado Mayor que tomen las medidas necesarias para mantener el orden constitucional dentro de la legalidad vigente (…) La Corona, símbolo de permanencia y unidad de la Patria, no puede tolerar en forma alguna acciones o actitudes de personas que pretendan interrumpir por la fuerza el proceso democrático que la Constitución votada por el pueblo español determinó en su día a través de referéndum.

El papel del rey ha sido hasta cierto punto mitificado, surgiendo voces que critican su ambigüedad en los primeros momentos.

La persona que debía llegar al Congreso de los Diputados y tomar el mando, llamado en clave el “Elefante Blanco” se suele identificar con Alfonso Armada, uno de los cabecillas, que llegó a negociar con Tejero para formar un gobierno de concentración presidido por él mismo, con representantes de todas las fuerzas políticas.

A mediodía del 24 los miembros del Gobierno y los diputados secuestrados son liberados y poco después Tejero y sus hombres se entregan.

Que el golpe de Estado fuera desbaratado influyó positivamente en la consolidación de la naciente democracia española, un punto de no retorno. El día 27 de febrero tuvieron lugar multitudinarias manifestaciones en apoyo a la democracia y a la Constitución. El 23-F también reforzó la legitimidad de la monarquía. Para muchos analistas, contribuyó a la aplastante victoria electoral del PSOE en 1982.

En total fueron procesadas 33 personas por un Tribunal Militar nombrado a tal efecto. Tejero y Milán del Bosch fueron condenados a treinta años de reclusión. Armada tan sólo a seis años, pero el Tribunal Supremo revisó la sentencia a treinta años, siendo indultado en 1988. El último de los imputados en salir de la cárcel fue Tejero en 1996.

Documentación

Actividades

Descarga las actividades pinchando en el enlace: Actividades 23F

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