El desarrollo de la guerra civil española

Debido al fracaso parcial del golpe de Estado iniciado el 17 de julio de 1936 en Melilla, España quedó dividida en dos zonas, iniciándose una guerra civil que se extendió a largo de casi tres años.

 

En cualquier caso, sin la ayuda prestada por los Estados totalitarios a ambos bandos en los primeros compases del conflicto, éste se hubiera agotado por si sólo muy pronto.

La evolución de las operaciones militares es sencilla, en un principio se trata de una guerra de columnas con armamento ligero. La llegada de efectivos técnicos y humanos de otros países aumenta las dimensiones del conflicto a una escala desconocida desde la Primera Guerra Mundial. 

Fracasado el golpe de Estado, el plan de los rebeldes es ocupar Madrid para acabar con el gobierno republicano. Por el norte, el avance del general Mola es detenido en Somosierra y la iniciativa le queda al ejército de África, que avanza a través de Extremadura aplastando toda resistencia.

En septiembre ocupan Talavera de la Reina, quedando expedito el camino hacia Madrid. Sin embargo, se desvían hacia Toledo para liberar el Alcázar. En noviembre comienza el asalto a Madrid. Las tropas de Varela iniciaron una operación de tenaza desde el sur y el oeste. La ciudad es sometida a bombardeos aéreos por aviones Junker alemanes y se produjeron duros combates en la Casa de Campo, la Ciudad Universitaria y el Puente de los Franceses.

Al fracasar la ofensiva directa sobre Madrid, se iniciaron, sin éxito, una serie de operaciones sucesivas de flanqueo, atacando la capital por la carretera de La Coruña, a través del valle del Jarama y finalmente desde Guadalajara.

A partir de abril de 1937 el bando franquista concentró sus esfuerzos en el frente norte. Desde Navarra avanzaron hacia el oeste, ocupando Vizcaya, Cantabria y Asturias. En el curso de las operaciones se produjo el bombardeo de Guernica y Durango.

Para frenar los avances del adversario, el Estado Mayor republicano programó una serie de ataques fallidos sobre Segovia, en Brunete (Madrid) y hacia Zaragoza, este último detenido en Belchite.

Tras la conquista del norte, el avance de Franco se dirigió al Mediterráneo con el objetivo de dividir la zona republicana en dos, aislando Cataluña. La República intervino ocupando Teruel por poco tiempo, sin poder evitar la llegada de las tropas franquistas a Vinaroz (Castellón) en abril de 1938.

En un último intento para decidir la guerra a su favor, el 24 de julio de 1938 el ejército republicano cruzó el río Ebro en una docena de puntos. La acción tuvo éxito, pero el impulso ofensivo se agotó pronto. Franco siguió con una contraofensiva. El choque se alargó hasta  noviembre de 1938, siendo la batalla más sangrienta de la guerra (entre 60.000-70.000 bajas para cada bando) e imponiéndose la superioridad de la artillería y aviación de los sublevados. A la derrota del Ebro le siguió la caída de Cataluña en enero de 1939, dejando decidida la guerra a favor de Franco.  

 

Documentales recomendados

  • El especial  de RTVE sobre la guerra civil española 70 años después, que incluye los reportajes “España rota”, donde varios historiadores analizan las causas del conflicto, “El crimen fue en Granada”, sobre la muerte de Lorca, “Escenarios de guerra”, un viaje por algunos de los escenarios emblemáticos de la guerra, “Brigadistas. La memoria antifascista”, “La Batalla de Madrid”  y “La memoria recuperada”, sobre las fosas comunes que existen todavía sin identificar.
  • “The Spanish Civil War”, documental completo de la BBC sobre la guerra civil en seis capítulos de 50 minutos cada uno, realizado en 1983, es muy interesante porque cuenta con el testimonio de muchos de los protagonistas y testigos de los hechos.
  • Dos documentales de la época interesantes son “Defensores de la fe”, de Rusell Palmer (1938), desde la óptica del bando franquista. Contiene las únicas imágenes en color conservadas. Desde el otro lado, se realizó “España leal en armas” (1936), con participación de Luis Buñuel.
  • Una de las películas documentales emblemáticas es “La vieja memoria” de Jaime Camino (1978). Con testimonios de Dolores Ibárruri, Federica Montseny, Abad de Santillán, Gil Robles, Tarradellas, Fernández Cuesta, José Luis de Vilallonga, etc.

Conflictividad social durante la II República: Castilblanco, Arnedo y Casas Viejas.

La revolución liberal del s. XIX no sólo no fue capaz de solucionar los problemas del campo español, sino que los acentuó. A principios del siglo XX, en el centro y sur peninsular predominaba el latifundio de secano, la propiedad de la tierra estaba en pocas manos y existía una ingente masa de jornaleros que vivían en la miseria. En el norte, el minifundio era insuficiente para mantener a una familia y la emigración hacia América fue un fenómeno masivo, aún después de la pérdida de las colonias. La polarización social en el campo lastró el desarrollo económico español, en algunas regiones la clase media campesina era inexistente. La productividad era cinco o seis veces inferior a la de países como Alemania o el Reino Unido.

Las reformas republicanas

En este contexto los gobiernos republicanos abordaron un conjunto de reformas que hicieron aflorar tensiones ya latentes, porque las revueltas campesinas se habían sucedido con intermitencia desde mediados del s. XIX, Loja (1861), Jerez (1892) o el llamado Trienio Bolchevique (1918-20), son sólo algunos ejemplos.

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El voto femenino durante la II República

El primer país europeo donde las mujeres pudieron votar fue en Finlandia en 1906. En España, la cuestión se comenzó a plantear a finales de la Restauración y existía cierto debate público sobre el tema. Durante la dictadura de Primo de Rivera se reconoció parcialmente. El Estatuto Municipal de 1924 otorgaba el voto en las elecciones municipales a las mujeres emancipadas mayores de 23 años y el protagonismo de la mujer fue creciendo en la vida pública, aunque en lo esencial su posición de desigualdad legal permaneció inalterada.

Durante la II República la mujer española obtuvo el derecho al voto. El articulo 36 de la Constitución de 1931 establecía que los ciudadanos de uno y otro sexo, mayores de 23 años, tendrán los mismos derechos electorales conforme determinan las leyes. La inclusión de este artículo fue objeto de una gran controversia.

En aquel momento, una parte de la derecha apoyaba el voto femenino, porque consideraban que la mayoría de las mujeres eran conservadoras. Esta idea estaba también muy extendida entre la izquierda republicana. Las dos únicas mujeres entre más de cuatrocientos diputados, Victoria Kent y Clara Campoamor, protagonizaron un intenso debate en las Cortes.

Victoria Kent, del Partido Radical Socialista, sostenía que la mujer no podía ejercer el derecho al voto libremente debido a la influencia que ejercían sobre ella sus maridos y especialmente la Iglesia. Había primero que consolidar la República. Clara Campoamor, del Partido Radical, consideraba un error excluir a la mujer de la República por miedo a su comportamiento electoral, las mujeres debían considerarse, por encima de todo, ciudadanas:

Señores diputados: se está haciendo una constitución de tipo democrático, por un pueblo que tiene escrito como lema principal, en lo que llamo yo el arco del triunfo de su República, el respeto profundo a los principios democráticos. Yo no sé, ni puedo, ni quiero, ni debo, explanar que no es posible sentar el principio de que se han de conceder unos derechos si han de ser conformes con lo que nosotros deseamos, y previendo la contingencia de que pudiera no ser así, revocarlos el día de mañana. Eso no es democrático. Señores diputados… Yo no creo, no puedo creer, que la mujer sea un peligro para la República, porque yo he visto a la mujer reaccionar frente a la Dictadura y con la República. Lo que pudiera ser un peligro es que la mujer pensara que la Dictadura la quiso atraer y que la República la rechaza, porque, aunque lo que la Dictadura le concedió fue igualdad en la nada, como me he complacido yo siempre en decir, lo cierto es que, dentro de su sistema absurdo e ilegal, llamaba a la mujer a unos pretendidos derechos (…)

Clara Campoamor, Diario de sesiones de las Cortes, 30 de septiembre de 1931.

El artículo 36 fue aprobado con 166 votos a favor (PSOE, con excepciones como Indalecio Prieto y el apoyo de los diputados conservadores) y 122 en contra (Acción Republicana, Partido Radical y Partido Radical Socialista), el 40% de los diputados restantes o se abstuvieron o no participaron en la votación. Las mujeres pudieron votar por primera vez en las elecciones de noviembre de 1933.

Además de los derechos políticos, la Constitución de 1931 reconoció la igualdad en todos los campos (art. 23), a la hora de ocupar empleos y cargos públicos (art. 40) y en el matrimonio (art. 43). Posteriores reformas del Código Penal y Civil siguieron poniendo los cimientos para la emancipación de la mujer.

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Actividades el voto femenino

La proclamación de la II República.

Falto de apoyos, el general Primo de Rivera dimitió de su cargo en enero de 1930. Alfonso XIII encargó formar gobierno al general Dámaso Berenguer, frente a las voces que exigían una apertura democrática. Fue una decisión que Ortega y Gasset calificó como el “error Berenguer”. La opción republicana fue tomando fuerza en los meses siguientes. Políticos de relieve, intelectuales y exministros abandonaban a la monarquía.

El 17 de agosto de 1930 la oposición, integrada por republicanos de todas las tendencias, antiguos monárquicos, Indalecio Prieto por el PSOE y figuras públicas relevantes suscribió el Pacto de San Sebastián para derrocar a la monarquía. La vía acordada para traer la República pasaba por el tradicional recurso a la insurrección militar, que sería apoyado por un huelga general en toda España. El multitudinario mitin de la plaza de toros de Madrid el 28 de septiembre de 1930 sirvió a la masa republicana para mostrar su fuerza. El 12 de diciembre los capitanes Fermín Galán, que había participado en la conspiración militar de 1926 y Ángel García Hernández proclamaron la República en Jaca, adelantándose a la fecha prevista, que se había fijado para el 15 de diciembre. El golpe fracasó y ambos fueron condenados a muerte y fusilados el día 14. El 15 de diciembre el general Gonzalo Queipo de Llano y el comandante Ramón Franco, hermano del futuro dictador, ocuparon durante unas horas el aeródromo de Cuatro Vientos en Madrid, pero huyeron a Portugal al comprobar que la insurrección no cuajaba. Parte de los integrantes del Comité Revolucionario del Pacto de San Sebastián fueron detenidos y encarcelados.

Mientras tanto, los intentos de regresar a la vida parlamentaria no fructificaban. Incapaz de organizar la transición, Berenguer dimite en febrero de 1931 y es sustituido por el almirante Juan Bautista Aznar, que llevará a cabo la convocatoria de elecciones municipales para el 12 de abril. La campaña electoral fue convertida por la oposición en un plebiscito a favor o en contra de la monarquía. Los resultados parciales arrojaron un balance favorable a las candidaturas monárquicas en términos cuantitativos. Sin embargo, el triunfo de la Conjunción Republicano-Socialista en 41 de las 50 capitales de provincia precipito la caída de la monarquía. El almirante Aznar, preguntado por un periodista acerca de los resultados, declaró: “¿qué más crisis desean ustedes que la de un país que se acuesta monárquico y se levanta republicano”.

La República se proclamó en la noche del martes 14 de abril en medio del clamor popular.  Esa misma noche el rey marchaba al exilio: “Las elecciones del domingo me demuestran hoy claramente que no tengo el amor de mi pueblo (…) Hallaría medios sobrados para mantener mis regias prerrogativas (…) pero, resueltamente, quiero apartarme de cuanto sea lanzar a un compatriota contra otro en fratricida guerra civil”. La mejor descripción de aquellos hechos la hizo el periodista Josep Pla:

“A esta hora [las tres y media de la tarde], los pocos transeúntes que pasean por el cruce formado por la Castellana y la calle de Alcalá observan con asombro cómo una bandera sube lentamente por el mástil del Palacio de Comunicaciones. Al otro lado de la Castellana está el Banco de España, y en el otro ángulo de Alcalá, los jardines del palacio Godoy, sede del Ministerio de la Guerra.

La bandera que sube por el mástil es la bandera republicana. La noticia corre como una exhalación y una riada de gente sale de los cafés y los establecimientos colindantes a ver la bandera. La noticia llega enseguida al Hotel Palace, donde en aquel momento estaba yo hablando con mi viejo amigo Azcoaga, maître d’hôtel de la casa —personaje alto y voluminoso, vestido con un redingote impresionante, unos pantalones a rayas y unos zapatos de un lustre funerario—. El hall del hotel se vacía en el acto. Le propongo a Azcoaga que se ponga una americana y se venga conmigo a participar del espectáculo. Respuesta negativa. Me dice que estas cosas, para él, no tienen importancia; que él se debe a la casa. «¡La casa es la casa!», suelta con una severidad dogmática. De modo que salgo del hotel, y por la acera del palacio Esquilache, Castellana arriba, llego al cruce en cuestión. Me encuentro con gran cantidad de gente, más bien pasmada, que mira la bandera izada. Me da la impresión de que no tienen una idea muy clara de la bandera republicana. La bandera permanece inmóvil, porque no hace viento y la tarde está clara y magnífica —primaveral—. La banda morada —que según mis lecturas proviene de los comuneros de Castilla— queda ahogada por el rojo y gualda. ¡Llevábamos tantos años viendo la otra! En Barcelona, gracias al lerrouxismo, quizá tuviéramos una idea más clara del símbolo republicano. En Madrid, la cosa era más vaga. En una población de funcionarios, la bandera del sueldo es siempre la que cuenta con mayor aceptación.

En el cruce hay mucha gente. El volumen aumenta a cada instante. Nadie sabe qué hacer. ¿Dónde estamos? Hasta las cuatro de la tarde, la gente permanece perpleja y flotando. En ésas, como un reguero de pólvora en el hormiguero humano, circula la noticia de que la bandera de Correos representa lo que pretende simbolizar —a saber, que el poder ha caído en manos del Gobierno provisional—. De la perplejidad inicial se pasa rápidamente al entusiasmo. Ha bastado un segundo. Una vez constatado el hecho, veo que el enorme gentío tiene tendencia a subir por la calle de Alcalá, hacia la Puerta del Sol. La cosa está consumada.

Perdido en medio del hormiguero, observo cómo el comercio se apresura a destruir y esconder los símbolos monárquicos. Los comerciantes, proveedores de la Real Casa, las tiendas con el escudo real, los hoteles, las fondas, los teatros y los restaurantes que tenían o aspiraban a tener el nombre ligado al régimen caído, hacen desaparecer, con una diligencia admirable, las insignias y los nombres considerados comprometedores. En el Hotel del Príncipe de Asturias, Carrera de San Jerónimo, veo una bandera republicana sobre la palabra «Príncipe» del letrero de la calle. El establecimiento se ha convertido, de forma instantánea, en Hotel de Asturias. Esto me ayuda a comprender un poco más Madrid. No es solamente una ciudad de la gran aristocracia andaluza, de los funcionarios, de los albañiles y peones del sindicato de la construcción, afiliados a la Casa del Pueblo; también es una ciudad de pequeños comerciantes, muy vivarachos, como acostumbraba a decir el obtuso señor Metasanz.

Vuelvo a la Puerta del Sol. La circulación por el centro de Madrid transcurre con total libertad. En las llamadas bocacalles hay parejas de la Guardia Civil a caballo. Las parejas están mano sobre mano y los caballos permanecen en la más absoluta inmovilidad. Constato la llegada al centro de la ciudad de oleadas y más oleadas populares provenientes de los suburbios. En todas las calles que convergen hacia el centro de Madrid, el número de banderas republicanas va en aumento. ¿Estaban tal vez escondidas? ¿Las hicieron tal vez en un santiamén? Un grupo arrastra un busto de yeso de Primo de Rivera, con una cuerda atada al cuello. El yeso aguanta poco y la cara está deformada. El entusiasmo, pese a la relativa discreción producida por la sorpresa del acontecimiento, no cesa de crecer, sube por momentos. Se empiezan a oír las primeras notas de La Marsellesa. Después, constato que un grupo de ciudadanos comienza a entonar el Himno de Riego. El pueblo ignora ambas canciones. Desafinan. El conocimiento de la letra es escaso. Cantan mal. Da igual. Ya lo harán mejor más adelante. Entre los obreros de la construcción el himno más conocido es la Internacional, aprendida en la Casa del Pueblo. La severidad de este himno se transforma en Madrid en una cosa atenorada, con algún que otro gallo. Sin embargo, todas estas composiciones impresionantes son abandonadas rápidamente. A las musiquillas de moda, que la gente sabe bordar sin ningún género de dudas, se les pone espontáneamente una letra adecuada a los acontecimientos. Así, oigo canciones cáusticas sobre el Rey, la Reina y el general Berenguer. Chiquilladas que no alcanzan nunca la vulgaridad. Todos los que miro siguen con cara de monárquicos. En esto, aparece una profusión de retratos de Galán y García Hernández. Los gritos de «viva» y de «abajo» son innumerables. Todo coge un aire de verbena triunfante, un aire de alborozo franco y desenfrenado —sólo que es una verbena política—. La gente se abraza, grita, suda, canta. Un ciudadano cualquiera, pacífico y retirado, su señora o su hija, pueden echarse a los brazos de otra persona completamente desconocida y extraña. Como en todos los espectáculos de masas, las posaderas del sexo femenino pueden ser más o menos tactilizadas por personas que nada tienen de republicanas. Pasan sobre la multitud ráfagas de entusiasmo cívico que determinan movimientos de enternecimiento humano. «¡Un día es un día! Después, Dios dirá…», oigo decir a algunas mamás. En ésas, personas desconocidas y de vaga procedencia asaltan los taxis y camiones que han tenido la desgracia de hallarse en el centro de Madrid en estas horas de amontonamiento humano, y emprenden un carrusel endiablado por las calles que durará hasta mañana a la misma hora. El ruido producido por los motores de explosión de esta procesión altera un poco la sangre de los caballos de las parejas de la Guardia Civil situadas en las bocacalles. Los caballos se impacientan y se agitan. Se produce un momento de expectación. Un momento, tan solo. Los guardias dominan a sus caballos y siguen indiferentes en las esquinas, mano sobre mano (…)

A las tres de la tarde —me dijo el señor Ayuso— nos encontramos en el domicilio del señor Maura varios amigos y un miembro del Gobierno provisional: don Manuel Azaña. Maura telefoneó a todas partes: a Palacio, a Gobernación, al domicilio del doctor Marañón, donde se estaba celebrando la negociación Romanones-Alcalá-Zamora que garantizó la salida pacífica de la familia real. No pudo sacar nada en claro. Empezó a impacientarse. A las tres y media volvió a telefonear. Ninguna respuesta. A las cuatro, ansioso, enervado, volvió a insistir. Mismo resultado. A las cuatro y media, a las cinco, a las cinco y media, no sabía aún si el paso de la República era franco. Por fin, cansado de abrocharse y desabrocharse la americana, con los ojos enrojecidos saliéndole de las órbitas, dijo Maura:

Ha llegado la hora de echarse a la calle. Vámonos, Azaña…

En la calle alquilaron un taxi y Maura ordenó, contundente:

¡A Gobernación!

Azaña lo miró, asustado. A medida que el taxi se fue acercando al centro de Madrid, la inquietud de Azaña fue creciendo. Por fin, dijo:

¡Pero, Maura, es usted un insensato! Nos van a ametrallar. Nos van a ametrallar. Nos acribillarán a balazos. Esto es una locura…

No se preocupe —dijo Maura, impávido, aunque trastornado por dentro—. Pronto habremos salido de dudas.

Pero, Maura…

Si nos ametrallan, nos ametrallan…

Llegaron, así, a la Puerta del Sol. Cuando la multitud reconoció a Maura, le ovacionó. Bajaron del coche frente al portal del Ministerio. La gente les abrió paso. Ante la puerta, solicitaron entrar. Apareció en el portal un oficial de la Guardia Civil.

¿Desean los señores…?—preguntó.

Somos el Gobierno provisional de la República —contestó Maura, rígido, estirado.

El oficial soltó un grito y la guardia formó. El primer paso estaba dado. Azaña, pálido como un muerto, se secó el sudor de la frente.

Maura subió los peldaños de la escalera del primer piso de tres en tres. Llegaron así a la puerta del despacho del subsecretario. Maura se abalanzó sobre la manilla de la cerradura. Entró como una exhalación en el despacho y se encontró ante don Mariano Marfil, a quien conocía perfectamente, pues había trabajado con su padre, don Antonio Maura. Don Miguel dice, con su voz enérgica:

¡Señor subsecretario! Soy el ministro de Gobernación del Gobierno provisional de la República. Deseo que se ausente usted en el acto.

Marfil, pálido como un personaje del Greco, se pasó la mano por la barba y dijo con una voz cobarde:

Me doy por enterado…

Marfil salió por una puerta falsa.

Maura pasó enseguida al despacho del ministro y cogió el teléfono, exaltado, mientras Azaña, sentado enfrente, iba tranquilizándose de forma visible.

¿Es usted el gobernador de Sevilla?—dice Maura—. Aquí el ministro de Gobernación de la República…

¿Qué? ¿Cómo dice usted?—responde el gobernador de Sevilla.

Aquí Miguel Maura, ministro de Gobernación de la República, de la Re-pú-bli-ca… ¿Me oye usted? Entregue usted el mando al presidente de la Audiencia en el acto…

Bien, señor ministro —dice la voz de Sevilla, temblando y quizá indignada.

Maura habló así, uno por uno, con todos los gobernadores de la Península. A las seis y media de la tarde, el régimen republicano fue instaurado oficialmente en toda España. A medida que Maura fue telefoneando, don Manuel Azaña se fue quitando la angustia de encima y acabó en un estado de fatiga tranquilizada…

—Las ventanas exteriores del Ministerio —me dice el señor Ayuso— estaban cerradas, pero los aullidos de la muchedumbre, que llenaba literalmente la Puerta del Sol y las calles adyacentes, llegaban hasta el despacho del ministro. El espectáculo era literalmente impresionante y, como en Madrid se cena tan tarde, el espectáculo duró mucho. Los estallidos del espectáculo de masas fueron variados y apasionados”.

Josep Pla, Madrid. El advenimiento de la República. El País, clásicos del s. XX.


Documentación

  • El siguiente video es un fragmento de un noticiero de la época titulado El amanecer de una nueva era en España, 1931. Se creía desaparecido pero ha sido encontrado recientemente en Priego (Córdoba), contiene imágenes y sobre todo voces inéditas de los primeros momentos de la II República:

  • El documental “España amanece republicana” presentado por Fernando Rey y dirigido por Ricardo Blasco presenta los momentos previos e inmediatos a la proclamación de la República. Se puede ver en la web de RTVE.
  • Especial de ABC sobre la proclamación de la II República. Incluye enlaces a documentos de la época.

La dictadura de Primo de Rivera

En la noche del 12 al 13 de septiembre de 1923, Miguel Primo de Rivera, capitán general de Cataluña, declaró el estado de guerra en su región y repartió el manifiesto regeneracionista Al país y al ejército españoles, donde prometía acabar con los problemas de España.

La llegada de Primo de Rivera coincide con el triunfo del fascismo en Italia en 1922, en un periodo en el cual van a proliferar los regímenes autoritarios en casi toda Europa. Sin ignorar este contexto, sus causas están más relacionadas con cuestiones propias de la política española del momento. El golpe fue resultado de la crisis política que el país vivía desde 1913, agravada por el desastre militar de Annual en 1921, que generó una amplia campaña de oposición en la calle y una creciente hostilidad entre el poder civil y el militar, avivada con la investigación sobre responsabilidades abierta por el Congreso de los Diputados.

En un principio, Primo de Rivera no pretendió establecer un régimen definitivo, sino un “paréntesis de curación”. Una vez en el poder llevó a cabo la ocupación militar de toda la estructura del Estado, con el objetivo de destruir la “vieja política”. El ejército asumió el poder en forma de un Directorio Inspector Militar, las Cortes quedaron disueltas y las garantías constitucionales en suspenso, declarándose el estado de guerra (ocurre cuando la autoridad militar asume las funciones de gobierno) y sustituyéndose a todos los gobernadores civiles de las provincias por gobernadores militares. El régimen constitucional quedó eliminado. Así lo relata Arturo Barea:

El general Picasso terminó sus investigaciones del desastre de Melilla en 1921. Su informe estaba en las manos del parlamento; de un momento a otro se esperaba el día del debate en la cámara. La minoría socialista había copiado e impreso el informe y unas pocas copias circulaban ya por Madrid. Entre los papeles encontrados en el despacho del general Silvestre, el general Picasso había descubierto un número de documentos que probaban la interferencia personal de Alfonso XIII en el curso de las operaciones militares. Pero ninguno de los efímeros gobiernos de aquellos días se atrevía a plantear la cuestión ante las Cortes. La oposición formaba un bloque y pedía cada vez con mayor energía que se abriera un debate público para definir las responsabilidades de la catástrofe de Marruecos. Se sentía que iba a pasar algo grave.

Si queréis hipnotizar una gallina, ponedla sobre una mesa cubierta con un tapete negro y forzadla el pico contra el tapete. Poned un trozo de tiza frente a su pico entre los dos ojos y en el momento psicológico en que la gallina se queda quieta, id alejando el trozo de tiza del pico de la gallina, marcando una línea blanca intensa sobre el tapete negro. Podéis dejar libre la gallina. El animal se quedará allí inmóvil, en ridículo equilibrio sobre sus dos patas y su pico, persiguiendo con ojos bizcos la línea blanca que se aleja.

Ahora me parece a mí que algo similar nos pasó a todos en aquellos días del mes de septiembre de 1923, en que el general Primo de Rivera se proclamó a sí mismo dictador de España por un golpe de Estado.

Todos estábamos esperando que pasara algo, algo muy grave y muy violento. el destronamiento del rey, una insurrección militar, un levantamiento de los socialistas o de los anarquistas, en una palabra, una revolución. Tenía que pasar algo, porque la vida de la nación se encontraba en un callejón sin salida.

Yo estaba en el café Negresco en la noche del 12 al 13 de septiembre. Mi viejo amigo Cabanillas solía venir allí cuando terminaba su trabajo en la redacción de El Liberal. Me había unido al círculo de periodistas y aspirantes a escritor, porque quería oír de él las últimas noticias. Llegó a las dos de la madrugada, pálido y excitado, con la pelambrera en desorden:
-¿Qué te pasa? ¿has estado en un estreno?
-A mí no me pasa nada, pero ¿sabes la última noticia?
-¿El qué?
-La guarnición de Barcelona se ha echado a la calle con Miguel Primo de Rivera a la cabeza.
-Alfredito, tú estás malo -dijo alguien-. que te den una copa de coñac.

– Que es verdad, os digo. Primo ha declarado el estado de sitio en Barcelona y tomado el mando de la ciudad. Y ahora dicen que ha mandado un ultimátum al Gobierno.

La noticia se extendió por el café como debió extenderse a través de todos los cafés de Madrid cuajados de gente a aquella hora. Cuando nos marchamos, la Puerta del Sol era un hormiguero. Las gentes se preguntaban unas a las otras:

-¿Qué va a pasar aquí?

Y no pasó nada. Mi hermano y yo nos quedamos en la Puerta del Sol tomando parte en las discusiones de los innumerables corrillos, hasta que llegó el primer tranvía lleno de obreros de los barrios extremos y los barrenderos comenzaron a regar y barrer la plaza. Cuando los periódicos de la mañana aparecieron, con sus gruesas cabeceras sobre la proclamación del general y sobre el anuncio de que el rey le había llamado a Madrid, no pasó nada. La mayoría de los periódicos dieron la bienvenida incondicional al dictador; unos pocos se reservaron su juicio. Los dos periódicos más importantes de la izquierda, El Liberal y El Sol, maniobraron hábilmente, sin criticar el asalto al poder y sin apoyarlo. El hombre de la calle se quedó mirando atónito lo que pasaba, como la gallina hipnotizada se queda mirando el trozo de tiza; y cuando trató de recobrar su equilibrio, los acontecimientos le habían sobrepasado: el Gobierno había dimitido, algunos de sus miembros habían huido al extranjero, el rey había dado su aprobación al hecho consumado y España tenía un nuevo gobierno llamado el Directorio, que suspendió todos los derechos constitucionales.

Arturo Barea, “La ruta” en “La forja de un rebelde”, pp. 476-77, Editorial Debate.

En Marruecos fue donde se obtuvo el éxito que permitió prolongar la dictadura. Aunque la primera solución del dictador fue la de apoyar el deseo de retirada de los políticos, la posibilidad en 1925 de una acción militar conjunta hispano-francesa contra Abd el Krim alteró las perspectivas de éxito. El desembarco español en Alhucemas fue el principio del fin de la república de Abd el Krim, que en  el verano de 1926 se entregó a Francia, no tardando en caer la resistencia rifeña. En 1927 concluyó la pacificación del Protectorado.

En diciembre de 1925 se formó un Directorio Civil presidido por Miguel Primo de Rivera. Entre los ministros (procedentes de la extrema derecha) destacarían José Calvo Sotelo (Hacienda) y Eduardo Aunós (Trabajo). La dictadura militar animada por los éxitos en Marruecos, dio paso a una dictadura civil, transición que se había dejado entrever con la formación de la Unión Patriótica  y el Estatuto Municipal en 1924. La transición política que pareció impulsar el golpe de 1923 aún no había llegado a su fin y la dictadura intentaba mantenerse en el poder y convertirse en un régimen estable y duradero. Este paso fue el que movilizó definitivamente a la oposición contra el dictador.

La dictadura fue rechazada desde el primer momento por importantes intelectuales y estudiantes universitarios. Unamuno fue privado de su cátedra y desterrado a Fuerteventura. Vicente Blasco Ibáñez publicó clandestinamente un demoledor manifiesto contra la dictadura y la monarquía titulado “Una nación amordazada”:

España es hoy una nación que vive secuestrada. No puede hablar porque su boca está oprimida por la mordaza de la censura. Le es imposible escribir porque tiene las manos atadas. El instinto de conservación impide que las gentes salgan a la calle para protestar contra tal esclavitud. Un ejército poseedor de todos los medios destructivos oprime al país y le es fácil borrar con fusiles y ametralladoras las quejas de la muchedumbre desarmada (…).

Este pulso de los intelectuales con la dictadura dio lugar a anécdotas como el poema acróstico de Luis Balbontín, publicado con todos los honores por el diario oficial del régimen y que escondía una burla al dictador:

Paladín de la Patria redimida,
R
ecio soldado, que pelea y canta;
Ira de Dios, que cuando azota es santa;
Místico rayo, que al matar es vida.
Otra es España, a tu virtud rendida;
Ella es feliz bajo tu noble planta;
Sólo el hampón, que en odio se amamanta,
Blasfema ante tu frente esclarecida.
Otro es el mundo ante la España nueva:
Rencores viejos de la edad medieva
Rompió tu lanza, que a los viles trunca;
Ahora está en paz tu grey bajo el amado
Chorro de luz de tu inmortal cayado.
¡Oh pastor santo! ¡No nos dejes nunca!

La Nación el día 15 de abril de 1929

Firmado por María Luz de Valdecilla, acróstico de José Antonio Balbontín.

http://www.hermandaddelvalle.org/article.php?sid=5259

El golpe de Estado del 23 F.

                                                                                 Foto: www.elpais.es

La amenaza de una intervención militar estuvo presente a lo largo de todo el proceso de transición democrática. Dentro del ejército había sectores fuertemente involucionistas, acérrimos franquistas que rechazaban el régimen constitucional y la descentralización del Estado.

A finales de octubre de 1978 fue desbaratada la “Operación Galaxia”, que pretendía llevar a cabo una acción militar ocupando el palacio de la Moncloa para detener el proceso constitucional.

La preparación y ejecución del 23-F coincide con una crisis interna de UCD que desemboca en la dimisión de Adolfo Suárez como presidente del Gobierno. Entre ciertos sectores llegó a debatirse la posibilidad de formar un gobierno de concentración presidido por un militar. La crisis económica y política crearon cierta sensación de desencanto entre la población. En ese ambiente enrarecido, con la violencia de ETA cebándose con el estamento militar, hay que situar los hechos posteriores.

En la noche del 23 al 24 de febrero de 1981, mientras tenía lugar la segunda votación para la investidura de José Calvo Sotelo, el coronel Tejero tomó el Congreso de los Diputados con unos doscientos guardias civiles armados. Se realizaron disparos que aún pueden apreciarse en el techo del hemiciclo y se humilló a los diputados, que fueron obligados a arrojarse al suelo. Tan sólo se resistieron Gutiérrez Mellado, encarándose con los golpistas, Carrillo y Suárez. Como la sesión estaba siendo transmitida por radio y grabada para televisión, el golpe fue conocido en directo por todo el país. Los diputados, secuestrados, quedaban a merced de la llegada de una “autoridad militar” que habría de tomar la dirección del alzamiento.

Este golpe de efecto que paralizaba la reacción de la clase política pretendía provocar una sublevación militar generalizada. Sin embargo, sólo respondió el capitán general de Valencia Miláns del Bosch sacando los vehículos acorazados a la calle, mientras el resto de guarniciones militares permanecían a la expectativa. La salida en Madrid de la potente División Acorazada Brunete, que habría movilizado a los indecisos a favor del golpe, es abortada por el general Juste y el capitán general de Madrid Quintana Lacaci, enterados de que el rey no respaldaba a los golpistas.

Se considera clave la actitud del rey don Juan Carlos, que detuvo el progreso del golpe, comunicando a todas las capitanías generales su oposición y tranquilizando a la población en el famoso discurso emitido a las 1,13 horas de la madrugada del 24 de febrero por TVE:

(…) Confirmo que he ordenado a las autoridades civiles y a la Junta de Jefes de Estado Mayor que tomen las medidas necesarias para mantener el orden constitucional dentro de la legalidad vigente (…) La Corona, símbolo de permanencia y unidad de la Patria, no puede tolerar en forma alguna acciones o actitudes de personas que pretendan interrumpir por la fuerza el proceso democrático que la Constitución votada por el pueblo español determinó en su día a través de referéndum.

El papel del rey ha sido hasta cierto punto mitificado, surgiendo voces que critican su ambigüedad en los primeros momentos.

La persona que debía llegar al Congreso de los Diputados y tomar el mando, llamado en clave el “Elefante Blanco” se suele identificar con Alfonso Armada, uno de los cabecillas, que llegó a negociar con Tejero para formar un gobierno de concentración presidido por él mismo, con representantes de todas las fuerzas políticas.

A mediodía del 24 los miembros del Gobierno y los diputados secuestrados son liberados y poco después Tejero y sus hombres se entregan.

Que el golpe de Estado fuera desbaratado influyó positivamente en la consolidación de la naciente democracia española, un punto de no retorno. El día 27 de febrero tuvieron lugar multitudinarias manifestaciones en apoyo a la democracia y a la Constitución. El 23-F también reforzó la legitimidad de la monarquía. Para muchos analistas, contribuyó a la aplastante victoria electoral del PSOE en 1982.

En total fueron procesadas 33 personas por un Tribunal Militar nombrado a tal efecto. Tejero y Milán del Bosch fueron condenados a treinta años de reclusión. Armada tan sólo a seis años, pero el Tribunal Supremo revisó la sentencia a treinta años, siendo indultado en 1988. El último de los imputados en salir de la cárcel fue Tejero en 1996.

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1888. El año de los tiros.

Piras de calcinación en Riotinto

Calcinaciones de cobre al aire libre llamadas “teleras” en la mina de Riotinto. Foto: www.elpais.es

Las minas de Riotinto fueron adquiridas al Estado por el consorcio británico Río Tinto Company Limited en 1873. Allí la compañía mantuvo un poder colonial durante 81 años, construyendo un barrio de estilo victoriano segregado de la población nativa y cambiando para siempre la historia de la zona. La generalización de la fundición del cobre mediante calcinaciones al aire libre, práctica prohibida en Inglaterra, motivó en 1888 la que se considera primera protesta ecologista de la historia, que acabó ahogada en sangre. La novela “El corazón de la tierra” de Juan Cobos Wilkins detalla los sucesos que pasaron a la historia como “el año de los tiros”:

Acababa de llegar a Riotinto un tren especial en el que viajaban el gobernador civil y, a las órdenes del famoso capitán Nazario Infante, soldados del Regimiento de Pavía. La noticia corrió como la pólvora. Ellos se abrieron paso enérgicamente y, ante el estupor y recelo de la gente que se apartaba temerosa, alcanzaron la plaza (…) Cómo una tácita consigna que se extendiera sobre el tapiz humano, por donde pasaban, iba haciéndose el silencio. Tras ellos, se acallaban las voces y parecía materializarse, hasta hacerse grávida, una estela muda de inquietud (…)

El capitán despliega dos compañías en semicírculo ante el Ayuntamiento y los manifestantes (…) Pasada la sorpresa la gente ya menos medrosa comienza a indignarse por la presencia de la tropa (…) El gobernador sale al balcón, la muchedumbre se agolpa: anhelamos oír que hay acuerdo (…) Pero las palabras que nos dirige son bien distintas. Desalentadoras. Insta a abandonar de inmediato la huelga, a regresar sin condiciones al trabajo (…). Es un jarro de agua helada. La decepción se apodera de todos (…).

La gente está muy nerviosa. A unos metros, un viejo minero escupe y blasfema. Excitados, inquietos, piafan los caballos. Los tambores de las bandas redoblan. Retumban. Ensordecen. “Esto es un pueblo de bestias”, farfulla el gobernador, hinchadas las carótidas, congestionado el rostro, y saca un pañuelo de su bolsillo, el ademán de llevarlo a la frente – encandila con el sol su macizo sello de oro- no concluye. Antes, como si fuera ésta la contraseña acordada, se escucha:

–        Fuego!.

La primera compañía pone rodilla en tierra, apunta, dispara; detrás, en pie, la segunda, apunta,

–        Fuego!

Dispara. Las descargas barren las filas las diezman. Y es tal la sacudida, el pasmo, que nadie reacciona. Durante unos helados segundos permanecen inmóviles, sobrecogidos. Paralizados por la conmoción. Luego, el fragor, el desconcierto, la confusión, el caos. Miles de personas despavoridas, huyendo aterrorizadas, atropellándonos, tratando de abrirse paso hacia las calles laterales que desemobcan en la plaza, pero éstas, también abarratodas, son un tapón mortal (…) El regimiento vuelve a enfilar sus carabinas y se produce una tercera descarga.

–        Fuego!

Antes de perder el conocimiento… contemplo aquella plaza que fue de esperanza, de alegría, y es ahora espacio de llanto y desolación: pancartas desgarradas, instrumentos de música esparcidos y pisoteados, zapatos que, solos, perdidos, parecen contener más muerte que los mismos cadáveres (…) Huele a pólvora. Su olor se sobrepone y tapa incluso el permanente a dióxido de azufra (…).

Nunca supimos el número de muertos.  Nunca. Pero, a un parde metros y de frente, tres descargas a bocajarro sobre una compacta masa humana (…) Una masacre… ¿Cuántos heridos, cuántos cadáveres? Se decía que fueron arrojados a escoriales y cubiertos con ganga, que los ocultaron en antiguas galerías romanas, de inmediato selladas, que las aguas corrosivas se encargaron de devorar, hasta mondar los huesos, sus restos, que el ferrocarril partió aquella misma noche con su siniestra carga de pasajeros fríos, muertos, para hacerlos desaparecer en algún sitió (…) Hoy todavía se teme que al ahondar la tierra, en vez de raíces, afloren tibias, calaveras, un enorme osario (…).

Pero los secuaces y la prensa comprada desviaron rápidamente los tiros: la masa incontrolada escondía armas (…) se agredió a la autoridad, se lanzaron piedras, se apaleó a los soldados (…). Un poco más y nos hubieran tildado de ladrones por no devolver las balas alojadas en nuestros cuerpos. La única verdad es que el Regimiento de Pavía, sin los requirimientos prescritos por la ordenanza, disparó y hundió su acero en una multitud indefensa, que Nazario infante, su sanguinario capitán, no fue castigado con destierro, confinamiento o multa, penas que para tal delito establecía el Código Penal; que nadie pinchó a ese pez globo, inflado de soberbia y fatuidad, de don Néstor Ullosa y permaneció de gobernador, incólume (…). Que las teleras continuaron envolviendo en sus noches sulfurosas el valle del infierno. Y que aquel 4 de febrero dio para siempre un nombre que aún pervive en la memoria de las gentes. El año de los tiros.

Juan Cobos Wilkins, El corazón de la tierra, Plaza y Janés, 2001, pp. 199-207. La novela fue adaptada al cine por Antonio cuadri en 2007:

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